¿Cuál es el límite de lo privado?

1.

Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015), es la primera novela del escritor Carlos Fonseca (San José, Costa Rica, 1987), una novela que es “un volver continuo sobre un mismo punto que sin embargo parece destinado hacia un fin” (p. 136), “un punto que se mantiene estático, un testarudo e inamovible punto que se resiste” (p. 147).

Esto es, se trata de una novela tautológica y rizomática, que se fundamente en la estrategia fecunda de la anadiplosis y la recapitulación (e, indirectamente, del indicio y la sugerencia). Pero hay una razón para ello, un motivo de índole práctico: la memoria esporádica, que falla. Y el tema: la exaltación dificultosa de una pasión silenciada -y sin consumar.

La novela, así, es una comedia, pero ello porque la sentimentalidad cobarde que exhibe es impropia de estos tiempos, que ven a la tragedia como una inescapable farsa. Y es, así, anacrónica. Una novela que habla del anacronismo de la soledad, pero, a la vez, de la soledad de lo anacrónico.

Una novela, Coronel Lágrimas, que actualiza la idea del amor platónico; aquí, sin embargo, el enamorado ya no le dedica poemillas a la amada, sino que ahora escribe ecuaciones para codificar el mundo, su mundo.

Nuestro enamorado, empero, tiene 83 años.

Está casi ciego, porta una barba blanca, sufre una calvicie adornada con algún rizo aristocrático, aun pizpireto. Pero sigue teniendo pasión, una pasión cansada, y tediosa, una pasión olvidadiza y terca, vinculada a la afición, a lo amateur: a la negación del trabajo.

Es la pasión de un solitario, que renunció al mundo -muchos años atrás.

2.

En su retiro en los Pirineos, el coronel, tótem de esta novela breve, noble ermitaño, perpetra los últimos coletazos de “un alocado proyecto autobiográfico mediante la escritura de un catálogo megalomaníaco de vidas ajenas”(p. 15), vidas femeninas, de divas de la alquimia. Es la forma que tiene este matemático genial (trasunto libre de Alexander Grothendieck) de escribir su vida.

El proyecto del coronel es un caleidoscopio y se titula “Los Vértigos del Siglo”; su propósito: “fijar la memoria universal en códigos numéricos” (p. 130). Un proyecto algo difuso, una obra de voluntad póstuma, una forma de no sentirse solo. Del contenido del proyecto (diseminado en múltiples cartas y escondido en archivos) nos vamos enterando por coletazos, a fuerza de diversos jirones descriptivos, insertados en un magma de veladuras más o menos suaves. Una autobiografía interpuesta, “Los Vértigos del Siglo”, suerte de amnesia, que pretende borrar la herencia de la vida propia.

La narración la conduce un narrador, de focalización movible, en tercera persona del plural y que, constantemente, se interroga sobre esa distancia adecuada desde la que se habría de mostrar las cosas. Así, hay reiteradas apelaciones al pudor y al respeto. De esta manera, acercándose y alejándose (y preguntándose por la pertinencia en cada instante de ambos movimientos), consigue el narrador involucrar al lector en sus pesquisas, creando una suerte de vínculo con este, integrándolo en su grupo silencioso no de detectives, sino de investigadores lógicos, cuyo misterio último a descubrir es la pasión, la pasión del coronel, una pasión que este trata de esconder, “como algo que realmente no entiende” (p. 123).

Así, a la vez que el coronel se des-escribe escribiendo las vidas de los otros (construyéndose máscaras), el narrador (y nosotros con él) escribe -escribimos- la vida secreta, diríamos, del coronel. Le ayudamos, pues, a redimirse, permitiéndole una última voluntad piadosa.

3.

Vladímir Vostokov es el padre del coronel, un “lector de Proudhon y anarquista puro” (p. 20), que viajó a principios de la década de los veinte (del siglo XX) a México, buscando asilo político. Y lo hizo junto a la que será la madre del coronel, una rusa también emigrada llamada Chana Abramov, nacida en el seno de una familia jasídica.

Ahí, en México, precisamente en Chalco, a los pies del volcán Iztaccíhuatl, nació el coronel, un hombre a destiempo, un hombre recatado y de inocencia poco inocente, que siempre llega tarde a todo.

Anacoreta y anacrónico.

Un hombre de furor autodidacta y que, en su vida, y tal como le recomendó un psicoanalista en 1948, ha buscado “la precisión de lo abstracto” (p. 73). Porque, de bien joven, vistos sus síntomas (dificultades motoras, errores disléxicos, realidad múltiple) se le diagnosticó una rara enfermedad: prosopagnosia, que le dificulta(ba) reconocer rostros. Enfermedad que, paradójicamente, nos lo vuelve un contemporáneo [1. Escribía hace varios días Stepehen Marche: ““Everyone in the digital space is, at one point or another, exposed to online monstrosity, one of the consequences of the uniquely contemporary condition of facelessness (…) the world without faces is coming to dominate» Stephen Marche, «The epidemic of facelesness», The New York Times, 14-II-2015] y que le lleva a formular una hipótesis, según la cual los rostros cargan siempre con “las huellas porosas de una prehistoria que recorre siglos” (p. 93).

Por esta razón, el coronel es un viejo que

“habita un mundo entre dos y tres dimensiones” (p 38).

Por esta razón, el coronel escribe su tratado «Los Vértigos del Siglo».

4.

Es inevitable pensar en Flaubert (Bouvard y Pécuchet), pero -a mi parecer- la novela apunta más hacia esa nebulosa inconcreta que traza Tabuchi en sus libros. Ese modo de preparar una revelación que no acaba de producirse, hasta que se produce (y aquí toma la forma de la confesión).

Coronel Lágrimas está llena de paradojas y relata una odisea mínima: un día de trabajo en la vida de un hombre que renunció al trabajo (y a todo lo demás, incluido su origen ruso y su propio nombre). Un hombre con una vida regida por el precepto, por la regla inestable, más hecha de negaciones que de renuncias.

Se trata de una novela breve distribuida en cinco capítulos y que trascurren en un solo día, desde la mañana hasta la madrugada. Tiene una estructura de peonza, sobre la que se enrolla la cuerda de los datos (hay un placer en el dato, en la exactitud, en la concreción) y que, en un segundo, se lanza decidida hacia delante: al vértigo.

Así, diríamos, que la matemática se enrolla en (quiere enrollar) el mundo, pero este, autónomo, la desacredita de seguido. En otras palabras, que la armoniosa frugalidad de la cifra, la referencia y el apunte, quedan desautorizados por el gobierno de la pasión furiosa (latente, agazapada, pero aún viva, (pre)dispuesta a una última representación).

Y a esta la secunda la impetuosidad de la sentencia filosófica, terminante y divina.

En definitiva, la primera novela de un autor que escribe magníficamente bien. Y que, encima (para su suerte, y la nuestra) solo tiene 28 años.

by J.S. de Montfort

es autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014), además de crítico literario y miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios). Escribe sobre arte y cultura para diferentes medios impresos y digitales. Forma parte del equipo editorial de Hermano Cerdo.

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