Narrar es lo más importante

gunter grass

 

 

1. La pipa

La imagen guardada en la memoria muestra a un señor de pelo negro, de edad indeterminada que está apoyado en una tumbona y enciende el tabaco de su pipa: para ello, usa unas llamas de tales dimensiones que uno siente miedo por la permanencia de su bigote. La expresión de la cara es de tensa expectativa.

No hay periódico alemán, ni apenas alguno del ámbito internacional, que haya prescindido de hablar del accesorio de la pipa al referirse a la foto publicada a raíz de que se divulgara la noticia de la muerte de Günter Grass. Desde finales del siglo XIX, mucho después de abolida la costumbre del legendario Colegio del Tabaco creado por Federico I de Prusia a principios del siglo XVIII, sesiones en las que, supuestamente, entre nubes de humo, se propagó el espíritu de la Ilustración, las únicas personas que fuman en pipa, aparte de los esnobs, son aquellas que no pueden costearse unos cigarrillos o unos puros, como, por ejemplo, las capas más bajas de la población.

Los conceptos de «capas más bajas» e «Ilustración» le habrían gustado mucho a Günter Grass. Sin embargo, con la desaparición de una imagen social llena de simbolismo –la del fumador en pipa—, él habría tenido sus dificultades. La mayoría de sus pipas provienen de un fabricante italiano que no las produce para el consumo masivo. En ellas, sencillamente, el tabaco sabe mejor. Y el buen tabaco, aun mejor. Günter Grass era un artista que estimaba las artes de otros artistas: y en ese término se incluye a los viticultores, los pescaderos, los peleteros y, también, por supuesto, a los fabricantes de pipas.

Pero detengámonos un poco más, recurriendo a otras dos ideas, ante la imagen del hombre fumando en pipa. La cara del escritor está tensa: ya sea porque antes ha contado una anécdota fulminante y espera la reacción de los oyentes, o porque le han contado una anécdota fulminante y está reflexionando sobre la frase con la cual pueda conferírsele a ésta una fuerza adicional. Una obra de arte, a fin de cuentas, nunca está acabada del todo.

Y me interesa aludir todavía a una última variante para interpretar esa imagen: una variante que nos llevaría hasta Wilhelm Busch y, más exactamente, a la cuarta historieta de Max y Moritz: «¡Bum! / ¡De golpe la pipa explota con un ruido como un estruendo!». El maestro Lämpel no fue el primero que hubo de experimentar lo explosiva que es la mezcla de pipa e intelecto. Y a él volveremos más adelante, y también al tema del humor.

 

2. El bigote

La popularidad de Günter Grass discurre casi en paralelo con la de la televisión en la República Federal de Alemania. En una entrevista con un periodista muy importante –el cual solo mostraba a la cámara un encuadre de la parte posterior de su cabeza—, se abordó de repente –y estamos hablando de principios de los años sesenta—, el tema del bigote del artista. ¡Y con bastante lujo de detalles! Después de Guillermo II o de Adolf Hitler, y en la misma época en que eran tan públicos los pelos de la cara de Walter Ulbricht, tal parece que de esos vellos que cubren la zona del labio superior masculino partiesen señales que, aunque amenazantes, fueran obligatorias para obtener cierta legitimidad. El argumento de Grass, cuya intención expresa había sido diseñar su propio rostro para proporcionar cierto equilibrio al planteamiento de la naturaleza, levemente fallido, es interpretado de forma crítica por el entrevistador y visto como una evasiva por muchos de los espectadores. Para los criterios estéticos de la todavía joven República de la postguerra, el bigote es una traición a las normas de la Nueva Objetividad. Al menos da motivos para mostrar cierta cautela.

 

3. En todas las lenguas

En aquellos años, la expresión «al otro lado» designa, en el uso lingüístico de la Alemania occidental, dos determinaciones geográficas: uno viaja «al otro lado» cuando «cruza el charco» y visita Estados Unidos, o viene «del otro lado» cuando ha vivido o visitado la RDA, señal de que uno es un pobre diablo.

Para los habitantes de un país que apenas dos décadas antes se mostraba abierto al mundo –¡aunque lo hiciera en uniforme!— lo ajeno ha cobrado, entretanto, cierta aura inquietante. El Adriático italiano, Rímini o Cesenático, eso, vamos, todavía era aceptable, a fin de cuentas con ellos había existido hasta una alianza; pero, ¿lo que está al este del río Elba? ¿Del Odra? ¿Del Neisse? Los historiadores han descrito –y describirán todavía con lujo de detalles— cómo la política hacia los países del Este ejercida por los socialdemócratas alemanes se tolera o lleva adelante gracias a los intereses del capital estadounidense, pero hasta entonces casi nadie ha echado un vistazo a esas pieles de topo con las que revestían algunos artistas para minar las absurdas disposiciones de la política de la Guerra Fría: pintores, compositores y también escritores para los que –por mencionar solo ejemplo— Danzig se encuentra en el centro de una cultura que no queda dividida por los idiomas que allí se escuchan, sino que surge gracias a ellos.

Grass estaba entre los peregrinos que no se dejaban detener por las fronteras. París le resultaba tan familiar como Varsovia. En la RDA se reunía con colegas de los que el partido desconfiaba, o con otros próximos a él. «A fin de cuentas» –decía el autor—, «puedo tocar muchas teclas a la vez. Y las lenguas son órganos muy importantes».

También esa última frase puede interpretarse en varios sentidos: tras la publicación de cada libro, Grass solía invitar a Alemania a sus traductores literarios para discutir con ellos las sutilezas idiomáticas de sus manuscritos. Una fiesta pentecostal. Claro que, en esos encuentros, de lo que se trataba fundamentalmente era de afilar y perfilar el texto, pero quien conoce el lamentable estado social de los traductores dentro del mundillo de la literatura, sabe que en ese gesto se expresaba también valoración y reconocimiento, cosa que, para los traductores, no es algo tan obvio.

 

4. El partido

Con Willy Brandt, no cabe duda, algunos se vieron en condiciones de cubrir de lisonjas al Partido Socialdemócrata…, siempre con la ayuda de unas cervezas, claro. Con facilidad se olvida el modo lamentable en que dicho partido maneja los reclamos de favores a su legado cultural. Quien, como Grass, se involucra en algún momento en una campaña electoral, necesita oídos capaces de reaccionar sin dolor a burdas construcciones textuales y a una, a menudo, horrible música de banda municipal. «A la música, por lo menos, podía resignarme» –dice el autor, rememorando. Y también se resignaba al hecho de tener que aclararles primero a muchos compañeros de partido cuál había sido la importancia histórica de la figura de August Bebel o los intereses conjuntos del partido nazi y del partido comunista en contra del parlamentarismo. No a todo asistente de una campaña electoral, a día de hoy, le interesa tal cosa.

La polémica con el partido se produjo en torno a la manera en que nosotros tratamos a los refugiados. «Nosotros» somos los descendientes de los sueños megalómanos de la Gran Alemania. En lo que atañe al éxodo y a la expulsión, «nosotros» hemos hecho historia. Un partido que no tuviera en cuenta ese pasado no podía contar con Günter Grass. Por supuesto, seguía siendo una agrupación más aceptable que otro partido dispuesto a promover otras catástrofes o que apoyara los bombardeos americanos en el Oriente Medio. «Tanto peor es entonces la eliminación del derecho de asilo» –decía Grass.

Cuando, en la primavera de 1978, en Dachau, algunos sobrevivientes de las etnias gitanas allí torturadas (los sinti y roma) organizaron una marcha que llevaba desde el portón de la entrada hasta el lugar de las ejecuciones dentro del campo, usaron uniformes de presos originales (o imitaciones) y debatieron bastante sobre si lo que debían organizar era una marcha en silencio o una manifestación bien sonada que llegara a todos los posibles oyentes. Era una mañana fría, escalofriante, y a nadie se le había ocurrido traer instrumentos musicales, de modo que se pusieron de acuerdo para cantar. Y acordaron cantar una canción en concreto.

«Divertida es la vida de los gitanos» –cantaron los sobrevivientes—; «Fario, fario, hum…»

«Si al menos hubiéramos tenido allí un tambor de hojalata» –se quejaba más tarde uno de los participantes en la marcha, al que, poco antes, el representante de las autoridades pertinentes le había puesto un brazalete con la indicación «agente del orden».

 

5. Crítica

También aquel titular de Der Spiegel que mostraba al crítico Marcel Reich-Ranicki rompiendo un libro de Günter Grass abierto de par en par perdura en el recuerdo.

Arroja, en muchos sentidos, una mirada bien esclarecedora sobre las dificultades de los medios de comunicación alemanes con aquellas figuras que resultan algo incómodas. Nuestras páginas culturales pretenden ser ambas cosas: compañía moral y estética, el maestro Lämpel y su pipa, pero con pocas consecuencias catastróficas cuando la mezcla se vuelve demasiado explosiva en sus cabezas.

Reich-Ranicki y Grass intercambiaron alguna vez sus recuerdos acerca de su primer encuentro en Varsovia. Se trataba de recuerdos algo opuestos, contradictorios, y no nos resulta difícil imaginar que así fuera. El peso de los detalles nos lo aclararán los historiadores, pero para todo lector la cosa estuvo de inmediato clara: allí había uno que sabía narrar muy bien, Grass, y otro que sabía hacerlo menos. Y no es que ahora queramos arrojar un juicio generalizador sobre la situación de un oficio, pero se sabe que en el ramo de los escritores están muy presentes las ofensas de carácter personal.

Las miradas retrospectivas y los ajustes de cuentas en retroceso se hicieron, en este caso, con enorme gusto. En fila bien cerrada se unieron los correligionarios en torno a su héroe cuando se trató de defender ciertas actividades y coqueteos de Martin Heidegger a la edad de cuarenta y cinco años. ¡Y qué valientes se mostraron los mismos cuando llegó el momento de acorralar al joven de 17 años que, a esa edad, aún no había calado del todo quién era Hitler!

 

6. Advertencia

«En algún momento te animarán a que compares la Trilogía de Danzig (El tambor de hojalata, Años de perro y Gato y ratón) con El rodaballo, o Encuentro en Telgte con mis glosas sobre los hermanos Grimm, los poemas o con mi último libro. Por favor, deja eso en manos de otros» –pedía el autor cuando todavía tosía con gesto rebelde, y cuando la muerte todavía formaba parte de una posible (aunque no inmediata) continuación del diálogo—. «Narrar es más importante».

 

7. Pérdida

«¿A quién ha perdido la literatura alemana, y tal vez también la sociedad alemana, con esa muerte?» –le pregunta la voz del moderador a su invitado en una emisión de radio—: «¿Podría mencionarnos algún nombre comparable, para al menos ubicarnos». –El invitado calla un momento y responde simplemente—: «Hemos perdido a Günter Grass».

 

by Tilman Spengler

(Oberhausen, Alemania) es escritor, ensayista y periodista. Su debut como novelista, El cerebro de Lenin (1991), fue traducido a veintiuna lenguas. Fue también el editor, durante casi treinta años, de la revista Kursbuch, fundada en 1980 por Hans Magnus Enzensberger.

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